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Mayo 16, 2005

Amigos y solo amigos

A veces suceden cosas que nunca creímos fueran posibles, con personas que nunca hubiésemos imaginado, y sentimos lo que considerábamos olvidado. Los juegos son para jugarlos...

El fin de semana estaba programado desde hacía tiempo. La idea era pasar juntas las dos parejas tres días en Madrid, como unas pequeñas vacaciones. Jaime y María, son nuestros mejores amigos, así que con quién mejor. Un relajado viaje en tren, un hotel estupendo en el centro, entradas para el teatro y muchas ganas de pasarlo bien. El viernes por la tarde Jaime tuvo un contratiempo en el trabajo, y tal y como se planteaba la cosa, era del todo imposible que pudiera acompañarnos. Al principio María dijo que tampoco venía, pero luego la convencimos para que hiciese el viaje con nosotros. Entre quedarse en casa sola y pasando calor o venirse, aunque fuera de carabina, las opciones no eran muchas ni difícil la elección. Así pues allí estábamos los tres el viernes por la tarde, puntuales a la cita. El compartimiento del tren era cómodo, la temperatura agradable, y al parecer nadie más iba a compartirlo con nosotros. El viaje comenzó y con él la charla. Somos amigos hace muchos años y nunca hemos tenido secretos entre nosotros, así que le pregunté a María sin rodeos que qué tal le iba con Jaime. En el más natural de los tonos nos confesó que el era el hombre perfecto para ella y que le quería como no había querido antes, pero que a veces se sentía sola. No porque él no estuviera, sino porque no comprendía del todo sus necesidades. ¿A qué necesidades te refieres?, le pregunté, y ella dijo con su tono de niña buena: Al sexo, claro. Nos explicó con todo lujo de detalles que ella es una chica ardorosa e imaginativa, con ganas de jugar siempre, de probar cosas nuevas, de aprender y explorar, y que Jaime pocas veces la seguía. La siguiente pregunta era obligada, y fue mi marido quien la hizo: ¿Entonces tienes amantes?. Claro que no!, contestó, una chica tiene sus recursos. Y nos hizo un guiño encantandor. La verdad es que imaginar los juegos y gustos sexuales de mi amiga al margen de su pareja me empezaba a excitar, y decidí que aquella conversación no terminara de momento. María, cuéntanos alguno de tus secretillos, le pedí. Y ella nos confesó que, por ejemplo, le gustaba grabar con cámara sus encuentros sexuales, pero que Jaime no se lo había permitido nunca. Vaya, esas son cosas que uno oye por ahí, pero que no se plantea hacer.

Yo creo que los tres empezábamos ya a estar excitados pensando en las cosas de las que hablábamos, y se me ocurrió decir: “Pues ahí tenemos nuestra cámara, la pobrecita, que casi nunca sirve para nada”... No sé hasta que punto lo dije en broma y hasta donde en serio, pero lo cierto es que nos reímos los tres por la ocurrencia. Ese tipo de risa nerviosa q sirve para salir del paso tantas veces. “Pues no se hable más, tráela”, dijo él. Todo sea por complacer a nuestra amiga. Y yo obedecí de buena gana. María sonreía y el color de sus mejillas la delataba. Bueno, supongo que a todos nosotros. La encendí y le dije a María: anda, un saludito para la posteridad. Pero lo que en realidad enfocaba era su falda, no su cara. Ella entendió de inmediato y se subió un poco la ropa, al tiempo que separaba las rodillas ligeramente. Pensé que estaba a punto de suceder algo emocionante, casi podía sentir que nos acercábamos al punto donde no es posible echarse atrás, y así fue. Mi marido se levantó de su asiento y se sentó junto a ella. Sin dejar de mirarme le dijo: no seas tímida, chiquilla, que yo te ayudo, y la besó en la mejilla. Subió su falda hasta arriba, separó mucho más sus piernas y nos dijo que lo mínimo para la ocasión era mostrar la lencería. María sonreía como una niña traviesa, y también me miraba, buscando algún gesto de disgusto por mi parte, que no tuvo lugar. Grababa la escena y me iba excitando más cada vez, así que propuse que Maria mostrara lo que había debajo de esa lencería tan bonita, y entonces él apartó delicadamente su tanga para mostrar a cámara su coño rosado y brillante por la humedad. Estoy segura que él deseaba poseerla allí mismo, pero se conformó con acariciar su clítoris suavemente e introducirle el dedo. Y eso no hizo sino acrecentar mi deseo. Entonces se levantó de su lado, y nos dijo a ambas: perdonad, pero no puedo más. Me quitó la cámara y se la dió a María. Volvió a su asiento, se desabrochó el pantalón ante nuestra expectante mirada, y tomándome me puso delante de el, entre sus piernas y de cara a ella. Subió mi falda, bajó mis bragas y me sentó encima de su miembro bien preparado. Ummm fue delicioso, imposible de describir.

María nos grababa, y yo la miraba morderse los labios de placer, aunque no se atrevía a tocarse ella misma aún, aunque estoy segura que lo deseaba. Entonces se me ocurrió que tal vez yo podría ayudarla. Hice que él parara un segundo, me volví para besarle en los labios con suavidad y le indiqué que ahora debía follarme de pie, porque yo estaría inclinada hacia delante, acariciando con mi lengua el clítoris de mi amiga. Ella gimió al oírlo y se acomodó en el asiento, ofreciéndome sin reserva su sexo. Pero lo que en realidad enfocaba era su falda, no su cara. Ella entendió de inmediato y se subió un poco la ropa, al tiempo que separaba las rodillas ligeramente. Pensé que estaba a punto de suceder algo emocionante, casi podía sentir que nos acercábamos al punto donde no es posible echarse atrás, y así fue. Mi marido se levantó de su asiento y se sentó junto a ella. Sin dejar de mirarme le dijo: no seas tímida, chiquilla, que yo te ayudo, y la besó en la mejilla. Subió su falda hasta arriba, separó mucho más sus piernas y nos dijo que lo mínimo para la ocasión era mostrar la lencería. María sonreía como una niña traviesa, y también me miraba, buscando algún gesto de disgusto por mi parte, que no tuvo lugar. Debo confesar que nunca antes lo había hecho, aunque si había fantaseado con la idea. Aun a veces recuerdo aquel episodio y me estremezco de placer. Todo lo demás es imaginable. Los tres alcanzamos pronto el orgasmo, aunque no al tiempo, por supuesto. Después nos compusimos como pudimos y aparentamos que éramos amigos, solo amigos, muy buenos amigos. ¿Que puedo decir? Fue estupendo para los tres, y reconozco que el viaje se nos hizo cortísimo. Espero que el pobre Jaime no pasara un fin de semana demasiado malo, porque la verdad, no tuve valor para preguntarle nunca. Quizás la pregunta adecuada ahora es: ¿Y el resto del fin de semana, que sucedió? Pero esa es otra historia.

Un profesional innovador que se adapta a todo tipo de corrientes, a todo tipo de evolución y a los nuevos tiempos nunca hubiera podido obviar un fenómeno tan libre y actual como la mujer que quiere cuidarse pero necesita tiempo, confort y naturalidad. Llongueras mezcla tiempo, confort y naturalidad en un único lema 'Barco De la ducha a la calle', en contra del refrán 'para presumir hay que sufrir'. La mujer puede presumir con la naturalidad y el confort que se le exige a un buen peinado sin renunciar a la moda más actual. Este profesional, que va siempre unido a la moda sin temer a los cambios ni a la innovación y que siempre es sinónimo de buen hacer en lo que se refiere al cuidado del cabello, posee desde 1997 su propia web personal. El espacio de la moda, a la inversa que la sociedad, es un universo con cara de mujer y cambiar lo establecido es complicado. Además, al contrario de lo que sucede en la mayoría de las profesiones, los modelos masculinos ganan menos dinero que las féminas. Esto demuestra que, ser modelo no es tan sencillo como algunos lo pintan, aunque desde luego hay que decir que a algunos les ha ido muy bien. La moda se inventó originariamente para la mujer, lo que significa que los hombres han tenido que ir introduciéndose en este mundo muy poco a poco, ayudados por el cambio de la sociedad que ha evolucionado hacia otros derroteros menos machistas. Ansioso de saborearla, acaricié, besé, lamí todo su cuerpo. Me embriagaba el perfume de su piel, me encantaba rozar sus duros pezones con la punta de mi lengua. Al final, mis labios se posaron entre sus piernas, en ese sitio que tanto había gozado ya durante la última hora. Lamí sus labios, separándolos con mi lengua, besé la parte interior de sus piernas, succioné su clítoris que pronto había vuelto a asomar a mi encuentro, bebí de la dulce miel que ella me ofrecía. Cristina mordía su labio inferior, tratando de evitar sus incontenibles gemidos, sus manos se aferraban a las sábanas y su cuerpo se estremecía con súbitas sacudidas de placer. Tras unos minutos, ella rompió en un ruidoso orgasmo, gritando mi nombre, pidiéndome más.

Escrito por: José María | Mayo 16, 2005 11:39 AM

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