Marzo 26, 2005
Mi amiga insatisfecha
Cuando llevas cuatro años casada, como es mi caso, sabes ya si tu vida sexual va a ser un fracaso o no y, desgraciadamente, la mía sí va a serla. Mi marido fue un novio cortés y amable, que disfrutaba de su tiempo libre conmigo.
No tenía costumbre de irse con sus amigos al fútbol o de juerga, sino que siempre íbamos juntos a todos lados y se portó muy bien durante los tres años que estuvimos como novios. En la cama jamás fue una máquina, pero yo he tenido pocas experiencias sexuales antes de estar con él y no podía comparar, así que pensé que el sexo era como yo lo conocía: algo divertido, incluso placentero, pero nada de otro mundo. Hacíamos el amor una o dos veces a la semana y en la mayor parte de los casos, él se corría bastante antes que yo y debía terminarme a mí misma a solas, cuando él se dormía, o bien quedarme con las ganas. Me lo pasaba bien, pero no conseguía obtener un orgasmo en condiciones. Nos casamos hace cuatro años, como he dicho, y nuestra vida sexual se redujo bastante más, si cabe. Los primeros días hicimos el amor prácticamente a diario y conseguí tener uno o dos orgasmos bastante placenteros, pero pronto aquello cayó en picado. Durante el resto de nuestro matrimonio, mi marido hace el amor conmigo apenas dos o tres veces al mes y hace más de seis meses que no consigue hacer que yo disfrute del todo. Yo, para no defraudarlo, fingía que sí alcanzaba el orgasmo, pero una amiga íntima a la que le conté esto me dijo que debía dejar de hacerlo, porque de otro modo, él nunca sabría de mi carencia. Yo le hice caso y, sin embargo, no funcionó. Mi marido sigue haciendo el amor como él sabe, es decir, mal. En todo lo demás, mi marido es un tipo excelente. Es cariñoso, simpático y trabajador, pero mi falta de placer sexual es algo que no puedo soportar. Pronto aprendí a suplir esta carencia mediante la masturbación. De joven practicaba mucho diferentes técnicas, así que no me pareció nada degradante o pecaminoso volver a hacerlo. No me costó nada volver a la rutina de tumbarme en la bañera y dirigir el chorro de agua caliente hacia mis pechos, mientras mi mano bucea en el agua buscando mi pubis. Me encanta enredar mis dedos en el vello y rozar con la puntita el clítoris, levemente, postergando el acto masturbatorio lo más posible.
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Después, cuando ya me he tocado un ratito, bajo la ducha y hago que el agua misma me lleve hasta el séptimo cielo. Cuando me corro, me encanta que el agua salpique fuera de la bañera y en alguna ocasión he usado una esponja que tengo para tocarme ahí abajo. Pongo la esponja en los labios de mi vulva y froto hasta que ya no puedo más. Entonces, con la esponja llena de agua, la escurro sobre mi pecho y me imagino que es un hombre eyaculando sobre mí. Ese tipo de cosas nunca me han gustado hacerlas, pero sí imaginármelas. Es más, cuando alguna vez mi marido se ha corrido sobre mis pechos, me ha dado bastante asco, sin embargo, me encanta imaginar que un tío joven, atlético y bien formado, con el cutis de un niño pequeño y el cabello enmarañado, se masturba delante de mis tetas y se corre sobre ellas. Cuando la esponja ha terminado de soltar todo el líquido que lleva dentro, generalmente yo también he terminado mi orgasmo y me encanta relajarme extendiendo por mis pechos y mi tripa el agua jabonosa que yo imagino que es semen. Tengo muchas otras técnicas, pero ésta es la que más me gusta, sin duda. Llevo cuatro largos años de experiencia, así que podéis imaginaros. La cosa es que hace un año que empecé a alquilarme películas pornográficas. Al principio lo hacía disimulando. Pillaba una peli cualquiera y, entre ellas, colaba una de las X. Ahora ya lo hago abiertamente, y me encanta ver la mirada del dependiente cuando me voy con una en la mano. Me encanta ponérmelas cuando mi marido duerme. Espero a que se quede dormido y me levanto, voy hasta el comedor y pongo la película. Me gusta escuchar el sonido, pero tengo que ponerlo muy bajito para que no se despierte. Entonces me echo en el sofá y, abriendo las piernas, me toco hasta quedar plenamente satisfecha. Me excito mucho viendo a esos hombres con grandes pollas follando y follando sin parar, durante muchos minutos. Me encantaría que, por una única vez aunque fuera, mi marido pudiera darme un revolcón bien largo. Me encantaría sentir los labios de mi sexo completamente irritados, ardientes. A veces he pensado que podría dedicarme a filmar películas de este tipo, que me encantaría que alguien me penetrase con vigor, me encantaría sentirme atravesada por un tío así. Hace poco que he empezado a alquilar películas gays y me excitan muchísimo. Entiendo que a los hombres les guste ver a dos lesbianas en pleno acto porque a mí me pasa lo mismo con dos chicos.
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Recientemente, he comprado una película pornográfica gay en un quiosco. Sé que el vendedor debió imaginarme viéndola y tocándome, pero no me importa. Es más, me gusta pensar que soy atractiva para los hombres. Llevaba tanto tiempo carente de sexualidad que había empezado a cuestionarme si era yo quien fallaba en la cama. Hace tres noches, decidí liberar mi calentura e hice lo de siempre: esperé a escuchar los primeros signos de que mi marido estaba dormido y me levanté sin hacer ruido, llegando hasta el comedor. Saqué la película de su escondite y la puse, dispuesta a verla y a darme un homenaje relajante. La película la había visto ya algunas veces, pero es una en la que los actores me excitan bastante solo con verlos y no me importa repetir. Toda la escena transcurre en un bungalow en primera línea de playa y son cuatro amigos gays que pasan el fin de semana espiando a las parejas que van a hacerlo de noche. Como ellos se excitan viéndolos, acaban haciéndolo también y, al final de la película, hay una escena en la que siete hombres están retozando sobre la arena. Ese final me parece de lo más caliente que he visto nunca y esa noche, decidí verlo mientras me tocaba. Quería imaginarme a toda esa turba de hombres (pero heteros, eso sí) haciéndomelo a mí, haciendo cola para esperar a penetrarme. Quería sentirme muy deseada. Adelanté la cinta y puse el momento que más me gustaba, mientras mi mano derecha descendía hasta mis braguitas y, empezando sobre ellas, me toqué hasta que las humedecí del todo. Después, las aparté a un lado y me seguí tocando directamente. Generalmente no meto mis dedos dentro de mi vagina, simplemente me acaricio por fuera, tanto en el clítoris como en la entrada de mi agujerito. Pero esa noche estaba yo muy cachonda e introduje mi dedo corazón dentro de mi rajita, moviéndolo adentro y afuera, a los lados, sacándolo del todo y presionando sobre mi clítoris, pellizcando suavemente los labios de mi vulva, que estaba ardiente y deseosa. Una gota de flujo escurrió por mis dedos y los llevé hasta mi boca, chupándolos. El sabor de mi propio flujo siempre me ha gustado. Cuando mis dedos regresaron a su sitio, yo estaba como ida. Deseaba que mi marido despertase y viniera a follarme, pero sabía que, aunque ocurriera, no sería capaz de satisfacerme como es debido.
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Me estaba excitando mucho, tanto, que me giré de lado y empecé a tocarme en el ano con la mano izquierda mientras la derecha se entretenía en mis labios más internos. Esto es algo que no suelo hacer salvo cuando estoy tan salida que no me importaría que alguien me diese por detrás. Lo intentamos mi marido y yo en una ocasión, pero nada más meter la punta, después de embadurnarnos de vaselina y de cierta incomodidad por mi parte, me llenó el culo de leche y se quedó como dios. Esa noche, no estaba para idioteces y me masturbé casi con mala sangre. Quería correrme desesperadamente, imaginando a un joven escultural dándome placer por todas partes. Mi dedo se introdujo en el ano mientras sentía llegar el orgasmo. Froté mi rajita contra el cojín del sofá, mientras sacaba rápidamente mi dedo del ano. Eso fue fantástico, sacarlo de golpe, casi sin pensarlo. Mis deditos me daban mucho placer, pero deseaba una polla como dios manda, no un insulso polvo con mi marido eyaculador precoz. Esos pensamientos me turbaron un poco al principio, pero me había corrido tanto y tan bien, que decidí no volver a tener escrúpulos de niña mojigata. Era mi sexualidad y podía imaginarme lo que quisiera. Pasados unos segundos, me encendí un cigarro contemplando a uno de los actores eyaculando en la boca de otro. Deseé que fuese mi boca, deseé chupar una polla hasta dejarla completamente seca, deseé no estar casada y poder bajar a la calle y proponer sexo al primero que pasase. Mientras fumaba, me iba calentando de nuevo pensando en esa fantasía. Esperar, sentada en el banco que hay frente a mi casa, hasta que venga alguien, un tipo cualquiera. Entonces lo abordaría, le diría que estoy caliente a más no poder y que quiero que me lo haga como un animal. Eso me excitó mucho, pero era tarde y quería dormir algo antes de ir a trabajar.
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Escrito por: José María | 11:43 AM | Comments (0)